Como os conté, la llegada a Vang Vieng fue terrible. Me tumbé en la cama y no me pude levantar durante más de una hora. En ese estado no podía hacer los 240 kilómetros montañosos hasta Luang Prabang en dos días. Cuando conseguí levantarme de la cama le pregunté al jefe del hotel si podía llevar la bicicleta en el autobús. Tras varias llamadas no supo darme una respuesta y me dijo que preguntará de nuevo a la mañana siguiente, a las 8:15. Y ahí estaba yo, sin tener claro qué iba a hacer el día siguiente.
A la hora acordada del día siguiente me acerqué a la recepción. El chico me dijo que no podía llevar la bicicleta, pero que tenía un lugar donde guardarla hasta que volviera, “I have safety” decía. Si accedía me pasarían a recoger en medía hora.
Hice la mochila a toda prisa, sin doblar nada, a presión. El recepcionista me llevó a donde iba a dejar la bici; se me vino el mundo encima, se trataba del balcón de la planta inferior del edificio anexo, junto a la calle. La dejé atada con el candado, con pocas esperanzas de volver a encontrarla a mi regreso.
La furgoneta estaba llena por unos 9-10 turistas. Varios británicos, asiáticos y dos hermanas gaditanas muy saladas. Llevaban casi un mes viajando por su cuenta por Vietnam, Camboya y Laos, sin apenas hablar inglés. Me alegraron las casi siete horas de trayecto hasta Luang Prabang.
La anecdota del trayecto la puso uno de los ingleses. De pronto se despertó de su resaca, para darse cuenta que había olvidado el pasaporte en Vang Vieng. Y tenía que coger un vuelo el día siguiente. Su cara pasó del blanco-resacoso al blanco-pálido. Entre varios le ayudamos a recordar el nombre del alojamiento y consiguió que le enviarán en la siguiente furgoneta el pasaporte, por 10 dolares claro, que no están los lugareños para favores gratuitos.
El viaje hasta Luang Prabang se hace cansino. Gran parte de los 240 kilómetros están llenos de agujeros y la furgoneta no para de saltar. Además, los laosianos conducen como kamikazes; los frenazos son frecuentes, y no se asustan por circular junto a precipicios de más de 500 metros. Aún así, el paisaje es espectacular. Si no estuviera tan cansado y débil me daría pena no haber hecho en bici el camino.
Al llegar a Luang Prabang me dirigí al hotelito en que había quedado con Eñaut y Miren. Ellos eran de llegar esa misma tarde, después de descender durante varios días por el Mekong. Me esperaban días de descanso junto a los amigos. Recuperar fuerzas antes de que empezase la verdadera aventura.














